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Rachelinlondon

La Bárbara.

La Bárbara.

Ayer mi madre me contó que mi hermana había ido a una cena con los antiguos compañeros del cole.

Y ya sabéis, la mente, que a veces nos lleva por donde no queremos o no imaginamos, me llevó a mis días de cole.

Yo en el cole descubrí dos cosas importantes: la envidia y el odio.

Todo ello, resumido y provocado por un solo nombre:

Bárbara.

Sí, la Bárbara de mi clase me enseñó a envidiar y a odiar, imagino que sin darse cuenta.

Todavía hoy, a mis treinta y un años, la recuerdo de vez en cuando. Prueba de ello es que el Javi haiga oído hablar de ella.

Cuando yo era pequeña los lápices, libretas y gomas de borrar bonitos eran un bien escaso. No tan escaso como en la época en que mi padre estudiaba, que se pasó de la primaria hasta que acabó utilizando sólo tristes bolis Bic( eso le ha dejado secuela, no creáis. Cada vez que pasa por una tienda de chinos para y compra bolis, de todos tipos y colores, que atesora en el armario de su despacho. La envidia y la falta de recursos infantiles, que marcan mucho…),pero suficiente para que lo más a la que una pudiera aspirar fuera a una goma de borrar Milán de nata, que ya procuraba yo no equivocarme mucho para no usarla y no que no se gastara.

Sin embargo, había en mi mundo gente privilegiada como la tal Bárbara, cuyo padre tenía más dinero que el mío, que si contaba con un surtido elenco de bolis, lápices y libretas bonitos.

Un arsenal de cosas bonitas, que a mí me retorcían el estómago cada vez que empezaba un nuevo curso.

El primer día de un nuevo curso, todos contábamos con lápices y bolis nuevos que colocábamos cuidosamente en nuestras mesas, y la mayoría lucíamos orgullosos nuevas maletas que habíamos comprado en la librería Páez.

Pero ella….ella legaba con una maleta impresionante, del Snoopy (siempre del Snoopy…),de las guapas, mil bolsillos y otras tantas cremalleras, y empezaba a sacar cosas de aquella mochila, que parecía a mis ojos el cajón de los tesoros.

Sacaba  una libreta del Snoopy, una carpeta del Snoopy y,  para mi desgracia, un bote metálico (sí, del Snoopy…)donde coloraba amorosamente toooooodos los lápices y bolis del Snoopy que sacaba de uno de sus tres estuches(el de los lápices y bolis, el de los colores, y el que contenía escuadra, cartabón y varias reglas de aquellas que llevaban letras).Del  Snoopy todo.

Yo me moría de la envidia, y en mi cabecita empezaba a instalarse el odio. Odio hacia ella, que tenía todo lo que yo no podía tener, y odio a mis cosas, que en casa eran tan chulas y tan bonitas, y que al lado del putiferio de Snoopys de la Bárbara desmerecían y se volvían cutres y roñosas…

Odiaba a la Bárbara con todas mis fuerzas.

Para que os hagáis una idea del poderío de la Bárbara os contaré un inicio de curso, cuando coincidimos en la librería Páez.

Yo estaba con mi madre, luchando para conseguir la maleta que me gustaba(aún la recuerdo, una maleta rosa(sí, de los siete a los nueve años tuve una fase rosa…tremenda…)de la Barbie, con unos dos mil bolsillos y una Barbie chiquitita colgada de la cremallera), contra la insulsa maleta rosa,(muy bonita, pero sin Barbie, sin bolsillos, y sin colgante) que era la que mi madre podía pagar si pretendía que mi hermana y yo estrenáramos mochila ese año, cuando vi aparecer la cabeza achampiñonada  de la Bárbara(llevaba uno de esos peinados cortos con la nuca rapada, que le daban todo el aspecto de una seta…años más tarde se la conocería como “seta mágica”,en referencia a una anuncio de ambientador que daban  por la tele en esa época. Alguna niña mala, odiosa y envidiosa, que le sacó el mote…)diciéndole a su madre que quería la mochila azul del Snoopy que había en una estantería. La tienda desapareció. Mi madre desapareció. Hasta mi maleta de la Barbie desapareció, toda mi atención centrada en ella y su mochila, en ver si la conseguía o no.

Y la consiguió. Por supuesto.

Por si eso no era suficiente, la voz de la madre de la Bárbara se alzó sobre todos nosotros, omnipotente y omnipresente(o eso me pareció a mí)para preguntar si había complementos a juego. Y vaya sí los había.

Bolis, lápices, estuches, bote para lápices y libretas de todas formas, tamaños y colores.

La Bárbara se fue a su casa ese día con la maleta azul del Snoopy, dos juegos,( dos!!) de complementos(uno para casa y otro para clase, oí que decía la madre), y una papelera para la habitación.

Yo…yo me llevé la maleta rosa que mi madre podía pagar, que ya me daba igual una que otra, habiendo visto lo que acababa de ver, amén de un cabreo considerable, que no se me quitó ni cuando mi madre, pobrecita, me compró uno de esos bolis gordos de quince colores, rosa, para que me hiciera juego con la maleta.

Años después me di cuenta de que, mientras todos crecíamos, ella parecía no hacerlo.

La Bárbara se quedó atrás. La Bárbara era bajita de cojones.

Agobiada como vivía yo por ser bajita(al lado mi hermana,que siempre ha sido altíiisima…Hoy hace un metro ochenta la guarra,11 centímetros más que yo…),me alegró enormemente que la Bárbara se fuera quedando pequeñaja, regordeta  y con cabeza de champiñón, mientras yo me convertía en una niña alta, rubia, y delgada. Dejaron de importarme sus maletas de Snoopy, sus chándales de Snoopy, sus bambas de Snoopy,y hasta me dio igual que incluso las bragas que le asomaban por encima del pantalón fueran de Snoopy.

Cada uno lucha con lo que tiene,no?

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